Compartir es nuestra mayor riqueza
En Evangelii gaudium el papa Francisco nos recuerda que “en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros” (n. 177), por eso “uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio” (n. 272). En el gesto y compromiso de compartir, corazón mismo de la solidaridad, nos sitúa la Campaña contra el hambre 2025 de Manos Unidas, organización de la Iglesia en España para la cooperación al desarrollo, en su misión de trabajar por erradicar la pobreza, el hambre, la miseria y luchar por el respeto a los derechos humanos. Frente a la cultura del descarte, fruto del individualismo, de la globalización y de la indiferencia, donde priman el beneficio y la exclusión, se hace imprescindible recuperar la cultura del compartir, porque la prosperidad solo es justa cuando llega a todos los seres humanos.
Manos Unidas nos recuerda que debemos, como cristianos presentes en la sociedad, trabajar por sociedades más igualitarias y sostenibles, donde la inclusión de las personas descartadas y el cuidado del medioambiente sean la prioridad. Compartir no consiste únicamente en asegurar un mero crecimiento económico, sino, ante todo, en crear condiciones para que los derechos sean posibles de manera prioritaria para las personas descartadas:
¿Cómo es posible que las 26 personas más ricas del mundo posean tanta riqueza como la mitad de la población mundial? ¿Cómo entender que el 1,5% de la población mundial acumula casi el 50% de la riqueza global?
En Fratelli tutti, el Papa nos recuerda el destino común de los bienes creados: “si alguien no tiene lo suficiente para vivir con dignidad se debe a que otro se lo está quedando” (n. 119). Y cita a dos Padres de la Iglesia, cuyas palabras han de resonar despertando nuestras conciencias: san Juan Crisóstomo afirma que «no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos»; y san Gregorio Magno asegura que «cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo».
Hagamos que las comunidades y parroquias de nuestra Iglesia diocesana de Santiago se interroguen, tal como nos invita Manos Unidas: ¿nos conformamos con un mundo donde aún con una prosperidad económica sin precedentes «partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites» (Fratelli tutti, n. 18), o nos sumamos a la construcción de una nueva prosperidad compartida donde todo ser humano pueda vivir con dignidad?
Agradeciendo la disponibilidad y entrega de los voluntarios y colaboradores de Manos Unidas, os invito a un compartir valiente y generoso que nos haga comprender que nuestra prosperidad no es tal si no incluye, también, la prosperidad de nuestro prójimo, en quien Cristo nos espera para preguntarnos si hemos partido y compartido el pan de la justicia, de la dignidad y de la riqueza, procurando así servir a las personas, a las familias y a toda vida y a todas las vidas, de cada mujer, hombre, niño, anciano, sobre todo, de los más frágiles y vulnerables.
Un cordial saludo en el Señor. Con mi bendición.
Francisco José Prieto Fernández, Arzobispo de Santiago de Compostela.
