Su Excelencia Monseñor Paolo, Arzobispo de Lucca, P. Umberto (Superior general de los guanellianos), y los miembros de la Familia guanelliana, Padres Siervos de la Caridad, hermanas Hijas de Santa María de la Providencia, seminaristas, voluntarios guanellianos…
Queridos hermanos y hermanas, queridos peregrinos italianos del Camino de Santiago.
Me gustaría comenzar evocando unas palabras del papa San Pablo VI, pronunciadas en esta misma basílica de San Pedro que hoy nos acoge: Escuchemos primero la voz arcana de las cosas silenciosas, que se han vuelto elocuentes al expresar su significado espiritual. Escuchemos lo que dice este lugar famoso y aún siempre misterioso: es el «trofeo» de un sepulcro; el sepulcro que conserva las reliquias del apóstol Pedro. Estamos reunidos sobre la tumba de aquel a quien Cristo transformó del humilde y débil Simón, hijo de Jonás, en Pedro, fundamento sobre el cual Él, Cristo, profetizó para construir su edificio indestructible, «su Iglesia» (Homilía ordenación episcopal en la Basílica di San Pietro, 13 febrero 1972).
Estas palabras del Papa Pablo VI, referidas a la basílica de san Pedro, se pueden aplicar sin exceso retórico a la Catedral de Santiago de Compostela, que acoge y custodia los restos de otro Apóstol, Santiago el Mayor, hijo del Zebedeo, hermano del también apóstol Juan. Hoy, aquí, presentes tantos peregrinos italianos del Camino de Santiago, podemos afirmar que se produce un gozoso reencuentro de dos discípulos del Señor: el Apóstol Santiago visita en su casa a su amigo el Apóstol Pedro.
Y de la mano de ambos Apóstoles nos encontramos en torno a la mesa de la Eucaristía con el Señor, Pan de la Palabra y Pan de Vida. Una Palabra que en este tiempo de Adviento nos invita a vivir con gozo expectante la venida de Nuestro Señor: de nuevo somos invitados a ponernos en camino, a salir de nuestra postración, a esperar lo inesperado, a hacer realidad el sueño de Dios para la humanidad: como lo fue para la madre de Sansón, o en las vidas de los ancianos Zacarías e Isabel. O como lo fue también en la vida de san Luigi Guanella, nacido un 19 de diciembre de 1842 en un pequeño pueblo de la montaña de la Lombardía, al norte de Italia. En el sueño de Dios para Don Guanella la vida de cada persona es una historia de amor entre Dios Padre y sus hijos. Todo hombre, incluso el más humilde y necesitado, está llamado a formar parte de la familia de Dios: los huérfanos o niños de la calle, los ancianos, los discapacitados, a los que San Luis Guanella llama “buenos hijos” y todos aquellos que corren el riesgo de ser marginados o considerados «desperdicio» de la humanidad.
Jesucristo es el “SI” de Dios a la humanidad y el “SI” de la humanidad a Dios. Seguimos necesitando la presencia transformadora de Jesucristo en nuestra vida, en nuestra Iglesia, en nuestro mundo. Este año el Adviento se reviste de una gracia especial, porque nos llevará a la celebración del Jubileo, que comenzará en esta basílica el próximo 24 de diciembre. Vivamos la alegría que nace y renace del encuentro con Jesucristo. Seamos portadores de esta alegría a todos aquellos con quien nos encontremos, especialmente a aquellos que más lo puedan necesitar. «Que la esperanza os tenga alegres» (Rom 12,12).
Como peregrinos del Camino de Santiago sabéis que se necesitan fuerzas y apoyos para el camino. La soledad, el cansancio, la fatiga, los deseos de volverse atrás…, son peligros y tentaciones que ha de superar.
El creyente, en su caminar por la vida, necesita y encuentra múltiples puntos de apoyo. El cristiano no está solo en el seguimiento del Señor. Sabe que otros muchos lo están recorriendo con él (sinodalidad). Camina con la Iglesia, comunidad de discípulos que siguen al Señor. La Iglesia, convocada por Jesús, es el pueblo de Dios en marcha hacia la salvación, que anhela alcanzar la meta, que vive en la historia, pero con los ojos puestos en la Patria definitiva. La Iglesia es sostén y compañía, es luz y guía que nos anima y conforta en el caminar de cada día en la fe.
El creyente, al realizar su vida como constante peregrinación, se siente también renovado. Si de verdad ha realizado un cambio profundo, si se ha producido una auténtica conversión del corazón, si de verdad se ha producido el encuentro con el Señor Jesús, su vida ha de ser nueva y distinta. Si la peregrinación no fue turismo religioso ni fraternidad pasajera ni ocasión de aventura, sino una llamada de Dios a la que se ha respondido con apertura y fe, seguro que se tendrá la experiencia de que ha valido y vale la pena “dejarlo todo por el Señor”.
Una conversión que nos lleva a una aceptación plena de Dios como Señor de la vida y a un servicio a los hermanos para la construcción de un mundo de justicia, paz y fraternidad.
Es la peregrinación del testigo, del que habla en nombre de Cristo, que fue el primer peregrino: “y la Palabra que estaba junto a Dios… vino al mundo, vino a su casa… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 9-10.14). Y aquel niño, al que pusieron por nombre Jesús, “se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Flp 2, 7). Se hizo peregrino en el desierto y entre las gentes, recorría aldeas y orillas, subía montañas y regresaba al valle, y se puso en camino hacia la Ciudad Santa: peregrino con la cruz a cuestas para peregrinar resucitado de nuevo entre sus discípulos y enviarlos a la misión antes de retornar al seno del Padre. Tras recorrer los caminos de los hombres vuelve al Padre y se hace peregrino que reparte el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía que nos alimenta en el camino, es el peregrino que se hace prójimo y que nos invita a ser samaritanos (cf. Lc 10. 25-37).
Con la Virgen María y la intercesión de los apóstoles Pedro y Santiago, caminemos en esperanza por las semillas de bien que Dios sigue derramando en la humanidad.
